martes, 30 de julio de 2013

Historias



"Cuando te encontrás con una gran historia, una que te parte el corazón por la mitad o que te enciende con esperanza, la línea de tu horizonte interior se expande."
-- Michael Martin



Quizás por eso, cuando terminamos ciertos libros, nos duele por unos días el pecho. Hay algo que se está abriendo.

lunes, 29 de julio de 2013

Bird by bird

Bird by bird, Anne Lammot, 1995. Anchor.


"Hace treinta años, mi hermano mayor, que tenía diez años en ese entonces, estaba tratando de escribir un ensayo sobre aves para el cual había tenido tres meses. Era para el día siguiente. Estábamos en nuestra casa en Bolinas y él estaba en la cocina, a punto de llorar, rodeado de papeles, lápices y libros sin abrir sobre pájaros, inmovilizado por la inmensidad de la tarea que tenía que hacer. Entonces mi padre se sentó junto a mi hermano, puso su brazo sobre su hombro, y dijo: 'Pájaro por pájaro, hijo. Sólo tomalo pájaro por pájaro'". Con esta idea en mente, Anne Lammot ofrece una guía paso por paso sobre cómo escribir y cómo lidiar con la vida del escritor. Lammot alienta, instruye e inspira: desde la fe, el amor, y la gracia, hasta el dolor, los celos y el miedo, Anne Lammot insiste en mantener abiertos los ojos y sobrevivir para, luego, anotar todo.

Temo no poder ser lo suficientemente objetiva para reseñar este libro sin caer en palabras vacías que giren alrededor de cómo o cuánto me cambió o me abrió la cabeza. Voy a hacer un esfuerzo por mantenerme con los pies en la tierra.

Bird by bird es el libro que recomiendan todos aquellos que buscan escribir y se encuentran con más problemas que soluciones ("¡¿No lo leíste?! Es lo mejor que hay, ¡conseguilo ya!"). Es también el libro que recomiendan los que ya escriben hace mucho. Es, además, el libro que recomiendan los que leen, porque es un libro y está bien escrito y cuenta una historia, la historia de un aprendizaje y de la búsqueda por enseñar y contar en palabras concretas qué significa escribir para alguien que ama escribir.

Este libro hace una introducción a todos los temas que están vinculados con el arte de la escritura (manuscritos, grupos y talleres de escritura, publicación, fichas, ideas, bloqueos, etc.) y recorre de forma eficiente y personal cada tema, ejemplificando, citando autores a diestra y siniestra (todas citas relevantes y sumamente interesantes; estoy segura de que las subrayé todas) y aclarando, siempre, que no hay una fórmula para ninguna de estas cosas y que, entonces, ella tampoco viene a proponer algo así.

Sin embargo, todo se vuelve mucho más real y accesible cuando la autora señala (y lo hace bien desde el principio) que escribir es difícil y puede volverlo a uno completamente loco. El realismo con el que aborda cada uno de los tópicos ancla el libro en un plano muy accesible, con el que es fácil sentirse identificado. Y, mientras muestra cómo es posible volverse loco mirando la hoja en blanco, releyendo cada cosa escrita, escuchando anécdotas de triunfos y éxitos ajenos, Anne Lammot echa luz sobre el hecho de que escribir es un regalo. Constantemente recuerda cómo escribir marcó cada etapa, cómo le permitió recordar su infancia y volver a contarla, descubriendo cosas nuevas. Cómo escribir la ayudó a atravesar muertes y tragedias, cómo la ayudó a ver el mundo como realmente es, a sentirlo con más intensidad, a vivir de verdad. Lammot muestra las dos caras de la misma moneda en carne propia y señala los frutos reales y verdaderos de la escritura, aquellos que no se ven y que probablemente no se vean nunca.

Es difícil explicar dónde radica la genialidad de este libro, porque se va filtrando capítulo a capítulo en pequeñas frases que Lammot utiliza para ilustrar las ideas que busca explicar y en la forma en que vuelca su vida entera sobre el libro - porque la vuelca en su escritura y este libro no es otra cosa más que eso mismo, más escritura, pero con otras características.

Con crudeza, mucho humor y una prosa cuidada y amena, Anne Lammot entreteje uno de los mejores libros sobre el arte de escribir que sólo aumentan la sed por la escritura y la lectura. Ahora sólo puedo repetir lo que me dijeron tantas veces: ¡¿No lo leíste?! Conseguilo ya, es genial.

martes, 23 de julio de 2013

El juego de Ender

El Juego de Ender (La saga de Ender, #1), Orson Scott Card, 2010. Zeta Editores.

Hace años que la Tierra es amenazada por los insectores, una raza extraterrestre completamente ajena a los humanos, y con la que han tenido algunos encuentros desafortunados. Para poder derrotarlos, la Tierra necesita una nuevo tipo de genio militar que sea capaz de llevar adelante un ataque contra esta especie. Ender nace de esta necesidad: tercer miembro de una familia de niños genios, él es de cierta forma una anomalía viviente: en la nueva sociedad terrícola los hijos por familias están limitados a dos. Ender, entonces, marcado desde su nacimiento, crecerá entrenándose y haciendo grandes sacrificios para ser el mejor estratega militar que jamás se haya visto.

Escuché mucho sobre este libro (me lo recomendaron en múltiples ocasiones) y, cuando se confirmó que iban a hacer una película, el caudal de información no dejó de fluir. Decidí entonces que era hora de leerlo y de descubrir porqué un libro sobre un niño y extraterrestres había cautivado a tantas y tan diversas personas.

El Juego de Ender no esconde mucho más de lo que anuncia su premisa y, sin embargo, las capas que se desenvuelven debajo de esta historia, en apariencia tan lineal, son infinitas. La novela acompaña a Ender desde su reclutamiento hasta, bueno, un final bastante amplio (que después se retoma en el libro siguiente), siguiendo su punto de vista y alternando otros que aportan mucha, mucha más información no sólo sobre lo que le está pasando a Ender sino también a la Tierra y sus tensiones políticas.

Esta riqueza de perspectivas coloca al lector en una posición privilegiada porque se vuelve el único que comprende realmente (casi) todo lo que está pasando. De esta forma la educación y entrenamiento de Ender toman otras dimensiones. Allí donde las pruebas pensadas por sus mentores desafían a Ender hasta los límites de su cordura, el lector comprende cuál es la lógica detrás y queda ubicado en la difícil posición de juzgar qué hubiese hecho él ante las mismas circunstancias. El lector ve los dos lados del mismo hecho y accede a las dos lógicas: la de Ender, el niño que sufre cada paso que da en su entrenamiento, y la de los adultos, los que ponen por encima de cualquier otra cosa el bien común, el triunfo de los humanos sobre los extraterrestres.

El Juego de Ender no escatima crudezas ni giros retorcidos. Los capítulos desarrollan los sufrimientos que atraviesa Ender para poder avanzar en la academia e iluminan con intensidad los oscuros sentimientos que plagan a Ender constantemente. La tensión que le genera su crianza y la forma en que se va desarrollando lo colocan fuera de la infancia humana. ¿Cómo es posible que, después de tanto, siga siendo un niño, él o cualquier de sus compañeros? Esta pregunta se extiende a lo largo de toda la novela, y es repetida en distintas ocasiones por más de un personaje.

A esto se suman las turbulencias políticas que orbitan la historia de Ender y que protagonizan sus hermanos, Peter y Valentine. Dos personajes sumamente interesantes, que representan un desdoblamiento de Ender, ellos dos vuelven a torcer las convenciones sobre la infancia y se posicionan como dos adultos capaces que, justamente, quieren romper con la barrera que les impide ser considerados como tales.

El Juego de Ender, entonces, no es solamente una buena historia de ciencia ficción con los elementos propios del género (que, vale aclarar, son introducidos de forma magistral por el autor, y cautivan constantemente). Sus preguntas y premisas rompen convenciones establecidas y revelan, a través de la perspectiva de los niños, un mundo donde los niños prácticamente dejaron de ser humanos y se transformaron en objetos, en medios para resolver una disputa política que excede el problema de los extraterrestres. Ahora comprendo cómo El Juego de Ender se transformó en un clásico del género: porque toma lo mejor de él, lo excede y lo eleva a partir de una historia que, en apariencia, parece sencilla.

martes, 16 de julio de 2013

miércoles, 10 de julio de 2013

El océano al final del camino

The ocean at the end of the lane, Neil Gaiman, 2013. William Morrow Books.

Hace cuarenta años un hombre se suicidó en un auto robado en una granja al final de la calle. Tal y como la mecha encendida de un fuego artificial, su muerte encendió la realidad y resonó de formas inimaginables. La oscuridad fue liberada, algo perturbador y completamente incomprensible para un niño pequeño. Y Lettie - mágica, segura, sabia más allá de sus pocos años - prometió que lo protegería, sin importar lo que sucediera.

Este es el último libro de Neil Gaiman, recién sacado del horno; libro que él mismo admite que es de lo más personal que ha escrito. Las críticas no dejan de llover - todas positivas, en su gran mayoría -, así que intentaré dar cuenta, en pocas palabras, de lo mágico que fue leer esta breve y perturbadora novela.

El océano al final del camino es el recuerdo de una historia olvidada, la narración de un fragmento de la infancia que, sin embargo, se transforma en toda una infancia, en toda una vida. A través del relato de los extraños - extrañísimos - sucesos que le ocurren al pequeño protagonista de siete años (cuyo nombre nunca es mencionado; sólo aparece un apodo, dentro de las circunstancias más infelices de todo el libro), Neil Gaiman se lanza a la aventura de narrar lo imposible: la oscuridad, la magia, la enormidad del universo, el poder de las historias, el milagro de la infancia, los recuerdos y los vínculos.

Neil obra maravillas con la perspectiva infantil. Los sucesos sobrenaturales cobran otra dimensión - más épica, más real - vistos desde el punto de vista del protagonista, pero también los propios hechos de la vida cotidiana se transforman y distorsionan hasta despojarse de las apariencias y quedar expuestos en carne viva. Escenas familiares ordinarias, diálogos comunes, personajes humanos son vistos a través de otra lente que quita los filtros, las máscaras, y revela la verdadera naturaleza de la realidad.

El elemento fantástico toma proporciones inusitadas en esta novela. Ya no son seres extraños, un elemento disonante, un choque entre dos realidades: Gaiman arranca y despedaza el entramado de la realidad misma para revelar un universo vasto, vertiginoso y ominoso. La sensación de pequeñez que invade de a poco al protagonista no puede menos que contagiarse al lector, que cada vez se siente más y más como una hormiga, una mera partícula girando en un universo tan imposible como posible. Esta vez el mundo real es el que no se ve, y todo aquello
que conocen los hombres y las mujeres no es más que una mera pintura de una aparente realidad.

Esto lleva inevitablemente a uno de los logros más magníficos de Gaiman en este libro: las escenas perturbadoras. Toda la historia está atravesada por pequeñas escenas, pequeños diálogos completamente extrañados que, para el niño protagonista no son más que parte de la realidad, de lo común, de lo que puede pasar, y que, por lo tanto, se transforman en el punto cúlmine de la angustia del lector. Más de una vez me encontré entrecerrando los ojos ante descripciones, líneas de diálogo o narraciones de hechos completamente normales que encerraban una oscuridad terrible. Gaiman ejecuta estos momentos de la historia con una sutileza y una habilidad dignas del mejor escultor.

El océano al final del camino es entonces una nueva apuesta de Neil Gaiman mucho más osada y divergente (es una historia breve, de sucesos inverosímiles, que tan sólo es un recuerdo) que, sin embargo, alcanza a mover y resquebrajar los cimientos de las nociones más arraigadas de la vida: qué es conocer el mundo, qué es ser un niño y percibir las cosas como un niño, qué es lo otro, cómo se hace para enfrentar los miedos, y cómo es descubrir que la realidad es otra y que ni los propios padres pueden percibirla, entre otras. Es una novela que me dejó temblando y con el profundo anhelo de saber más - más del mundo, más de los Hempstocks, más.

domingo, 7 de julio de 2013

El mapa imposible

El mapa imposible, Liliana Bodoc, 2008. Alfaguara.

Tres chicos se embarcan en una búsqueda peligrosa: deciden trazar los límites y regiones del Mapa Imposible, una geografía de la mente y de la emoción, y energía que todos atravesamos pero que pocos valientes se atreven a explorar.

Liliana Bodoc es una de mis autoras favoritas, con lo cual no puedo prometer una gran objetividad en ninguna reseña que haga de sus obras. El mapa imposible apareció de imprevisto en un estante de una atiborrada librería y tardé aproximadamente lo que tarda el viento en mover la hoja de un árbol en sacarlo, llevarlo hasta la caja y comprarlo.

El mapa imposible narra la historia de tres amigos pero también narra mi historia, y la historia de cualquiera que se anime a leer este libro. Porque en su misión de trazar los espacios de la mente y el corazón, estos niños delinean emociones, pensamientos y sensaciones que todos, más tarde o más temprano, atravesamos. Amor, culpa, remordimiento, amistad, vergüenza. Nada tiene nombre y, sin embargo, todo se identifica con facilidad porque nada es ajeno a uno mismo.

Liliana juega con los espacios y el tiempo y crea una red, una trama, donde todo está relacionado y, sobre todo, donde todo afecta a todo. Lo que estos niños ven, hacen, las personas con las que hablan, las cosas que tocan, todo influye de formas imposibles de prever en el desarrollo posterior de la historia y en las vidas de quienes los rodean.

Y como siempre, Liliana hace un trabajo impecable con la prosa, esculpiendo cada oración, cada línea de diálogo, eligiendo la palabra correcta, aquella que transmite más emoción. La melancolía atraviesa esta novela de principio a fin (porque es un recuerdo, pero también porque Liliana construye una atmósfera cargada de palabras mudas y gestos contenidos) y recubre cada escena.

El mapa imposible es una novela que narra mucho más de lo que está escrito porque busca explorar la mente, el corazón, las etapas de la vida. Es sencillo y encierra entre sus oraciones una complejidad que satura la mente. Es, sin duda, uno de esos libros que necesita ser releído una y otra vez, en diferentes momentos de la vida, para sacarle todo el jugo, entender lo que queda fuera de nuestro alcance porque aún no hemos transitado suficiente camino en la vida o no estamos listos para recordar partes que ya atravesamos.

jueves, 4 de julio de 2013

Buscando a Alaska

Looking for Alaska, John Green, 2005. Speak (Penguin Books).

Cansado de su aburrida existencia, Miles, un joven de dieciséis años, abandona su ciudad en busca de su "Gran Quizás" en un colegio de internados. Allí, la inesperada libertad, los placeres y una enigmática joven llamada Alaska lo catapultan hacia una nueva vida. Pero cuando Miles siente que está a punto de alcanzar lo que había ido a buscar, una repentina tragedia amenaza con sacarle todo lo que tiene.

Buscando a Alaska es el primer libro de John Green, libro que le valió una gran cantidad de reconocimientos y críticas pero, también, varias críticas negativas que lo califican de controversial. Y este libro es un poco de todo lo que los críticos dicen que es, y también un poco más.

En primer lugar, Buscando a Alaska estalla desde el primer capítulo con el estilo John Green (humor, diálogos ácidos, oraciones largas con comparaciones absurdas y graciosas). Los personajes están repletos de comentarios agudos y graciosos y la prosa se expande en párrafos meticulosamente humorísticos (que corresponden al punto de vista de Miles, protagonista y narrador). John Green se define y define su estilo en esta primera novela, estilo que se reitera (para alegría nuestra o, por lo menos, mía) en sus siguientes libros.

Los personajes también resultan conocidos. Leen mucha literatura (y de la "alta": Rabelais - de donde Miles saca la idea del "Gran Quizás" -, García Márquez, Melville, etc.), son osados y relajados, fuman (y, en este libro, mucho) y están en plena adolescencia. Miles es el adolescente inocente, no iniciado en los matices de la adolescencia, que inicia un viaje de autodescubirmiento a partir del vínculo con los otros. Alaska es ciclotímica, rebelde y obediente, valiente y miedosa, fiel y poco confiable, segura e insegura, una contradicción andante que encarna a la perfección los altibajos de la edad. Sus amigos (el Coronel, Takumi, Lara) se suman como otros planos - bien tridimensionales -, como otras realidades que complementan el espectro del colegio.

La novela, entonces, no censura nada, presenta el mundo adolescente en toda su expresión. Alcohol, droga, sexo, pornografía, pero también amistad, amor, estudio (¡qué fantástico encontrar una novela que ocurre en época de clases donde los personajes realmente estudian!), bromas, profesores pesados y entretenidos, familias, enemigos, encuentran un lugar en esta historia. Y todos y cada uno de ellos (y acá reside uno de los puntos más fuertes de esta novela) es abordado desde una mirada adolescente. ¿Qué significa esto? Nada está sometido a juicios de valor, de bien o mal, de beneficioso o desventajoso, nada se percibe como escandaloso o vergonzoso, nadie es juzgado o ignorado por lo que hace o no hace, lee o no lee. Todo está cubierto de un aura de normalidad, de cotidianeidad, y da la sensación de que los personajes ven todo esto, ven la vida misma, como un amplio campo de posibilidades donde lo único que tienen que hacer es animarse.

Pero John Green apuesta todavía más alto y plantea cuestiones sumamente existenciales en esta novela. Desde la premisa del "Gran Quizás" abre la pregunta sobre la vida, qué hacer con la vida, qué es "grande" en la vida, y, desemboca en una pregunta aún más profunda sobre la muerte, sobre qué hay más allá y qué es dejar una marca en la vida de los demás.

Buscando a Alaska es una novela entretenida e introspectiva, un retrato hermoso y crudo de la adolescencia y el tiempo en la escuela y, sobre todo, una historia sensible
sobre los vínculos y las relaciones con los demás. John Green apuesta a todo en esta novela y, en mi opinión, logra todo y un poco más.

martes, 2 de julio de 2013

Neverwhere

Neverwhere, Neil Gaiman, 2003. William Morrow Paperbacks.

Cuando Richard Mayhew ayuda a una chica que encuentra sangrando en una calle de Londres, se ve arrojado dentro de una realidad alterativa que existe en un laberinto subterráneo de desagües y estaciones de subte abandonadas. Su vida cambia para siempre: ha caído a través de las grietas de la realidad en un lugar diferente, un lugar que es ningún lugar.

En mi cruzada por leer absolutamente todo lo que haya escrito Neil Gaiman me topé con Neverwhere, la primera de sus novelas (fue publicada en 1996, como una novelización de la miniserie producida para la BBC). 

Esta novela tiene todos los ingredientes propios de Gaiman: un contexto real y verosímil (una Londres actual) atravesada por un elemento fantástico y espeluznante (London Below - lo leí en inglés y no estoy segura de cómo serán las traducciones de los nombres. Sepan disculpar -, una Londres subterránea y sucia, con pautas sociales cuasi medievales), un protagonista mediocre y poco realizado, personajes fantásticos de carácter y personalidades fuertes y mucho, pero mucho ambiente siniestro. Es una fantasía urbana en su máxima expresión y Gaiman sabe cómo combinar todo estos elementos para delinear una novela atrapante.

De todas formas, y habiendo leído ya otros libros de él, Neverwhere se siente algo estructurada, esquemática. La novela progresa de forma esperable, con los elementos más básicos puestos en el orden más tradicional (introducción, encuentro con lo "otro", desarrollo del personaje, vinculaciones inesperadas, desafío y batalla, retorno y regreso, etc.). Y si bien esto no la vuelve aburrida - es Gaiman, nada de lo que escriba puede ser aburrido - sí me produjo una leve sensación de previsibilidad. Quizás esto sea porque es su primer novela, o quizás porque es una novelización de algo preparado originalmente para la televisión.

De todas formas Neverwhere abre paso, o da inicio, a lo mejor de Gaiman: su capacidad de crear escenas y ambientes horrorosos, perversos y siniestros, y mantener un tono de humor constante. Muchas escenas del libro están signadas por estos dos rasgos (y London Below es una magnífica construcción de lo siniestro: lugares comunes extrañados, sujetos ordinarios deformados, ratas como personajes, etc.), y ciertos personajes construyen sus personalidades a partir de ellos. Mr. Croup y Mr. Vandemar, por ejemplo, son dos villanos excepcionales, que no sólo salen del estereotipo esperable sino que, además, combinan a la perfección frases y acciones sobre tortura con comentarios sobre la terrible ropa que llevan puestas sus víctimas.

Neverwhere capta la esencia que tanto atrae a los fanáticos de Gaiman y puede leerse como el principio de una línea de escritura que después prolifera y se diversifica. Es una lectura entretenida - aunque algo estructurada, en mi opinión - que suma puntos con cada escena perturbadora y cada comentario gracioso que hacen los personajes. Sin duda alguna es una lectura obligatoria para cualquier fan de Neil.




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